Revolución bolivariana: a 20 años del fracaso continuado

Economía Disruptiva

Revolución bolivariana: a 20 años del fracaso continuado

Las cifras desnudan a la revolución bolivariana. El fracaso es inocultable. El año 2017 se ha convertido en el peor (hasta los momentos) del fiasco comunista enarbolado por Hugo Chávez en 1998. Hay quienes creen que esto comenzó en 1999 cuando oficialmente el militar golpista asumió el poder, pero no. Esto inició cuando la ciudadanía comenzó a percibirlo como el «militar necesario», el que «va a poner mano dura» y entonces el chavismo se convirtió en una opción y el proyecto ya estaba listo para ser aplicado.

Los resultados económicos, sociales y políticos de estos tortuosos años dan muestra que el modelo comunista es inaplicable y que no pasa de ser un pasquín que sirve para vender cantos de sirena a unos cuantos ilusos. Sin embargo, el gobierno durante todo este tiempo ha intentado por medio de su política comunicacional, esconder o disfrazar el hecho de haber reducido a un país medianamente normal, con sus problemas, inconsistencias y desequilibrios en una sociedad de mendigos y migrantes.

Cuando las cifras hablan

Al respecto, la Organización Internacional para la Migraciones (OIM), ya afirma que los venezolanos trazan un nuevo flujo migratorio en el continente cuyo el principal destino es Colombia, principalmente por la cercanía fronteriza, lo cual comienza a generar problemas en ese país, sobre todo por el estatus de quienes se instalan allá. Se estima que hasta la fecha se han ido del país más de 3 millones de personas y que en los próximos dos años, emigrarán 2 millones más. El daño colateral de esta política gubernamental es de proporciones incuantificables y sus efectos en el aparato productivo no serán reversibles en el corto plazo.

Por otra parte, el fracaso económico cada día se hace más evidente. La destrucción institucional y productiva de PDVSA pareciese ser el origen de la debacle, puesto que la otrora gran empresa petrolera ha sido convertida en una pocilga dedicada a cultivar yucas, papas y tomates, beneficiar aves de corral, construir petro-casas y de vez en cuando, se dedica de manera ineficiente a lo que fue su actividad medular: refinación y venta de crudo. En este sentido y de acuerdo con información de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), actualmente solo se producen 1.8 millones de barriles diarios de los 3.5 millones que se producían hace 20 años, antes de la llegada de la plaga bolivariana.

Esta devastación en la principal empresa del país y responsable prácticamente de toda la la generación de divisas que nutre el aparato productivo, es el elemento angular de la crisis que no pareciese tener fin y que ha llevado al gobierno a endeudarse de manera irresponsable recurriendo constantemente a la monetización del déficit y con ello a generar tales niveles de crecimiento de la masa monetaria que este ciclo letal se ha devenido en uno de los procesos más complejos para una población ya bastante desgastada: la hiperinflación.

Para corroborar lo anterior, cifras de la Asamblea Nacional indican que la liquidez monetaria aumentó en más de 1.700% en los últimos meses del 2017, con lo cual , las cifras de inflación cada mes fueron llegando a valores históricos, cerrando el año en 2.500%. Mientras tanto, el gobierno materializó incrementos salariales cada dos meses en promedio, hasta llegar al 600% anual y sin embargo la capacidad de compra de los trabajadores no llega a cubrir ni un tercio de la canasta básica. Aunado a que los aumentos no vienen correspondidos con su contraparte en los niveles de producción.

De igual forma, la irresponsabilidad en el manejo de economía dentro del periodo con mayores ingresos petroleros de nuestra historia aproximadamente US$960.589 millones, cuando durante el segundo gobierno de Rafael Caldera (1993 y 1998) el ingreso promedio de Venezuela por exportación de petróleo fue de US$15.217 millones anuales, también nos ha llevado a que el país sea declarado en default.

Gracias a los manejos oscuros del gobierno rojo, aparte de todos los calificativos, se nos endilga el de «mala paga», sin considerar que somos los paria de los mercados financieros internacionales en momentos donde se requiere con urgencia de medicinas y alimentos para una población cada vez más empobrecida donde resulta imposible para la nación acceder a créditos a tasas asequibles.

Aunado a esto el gobierno de Estados Unidos prohibió en agosto del año pasado transar nuevos bonos de deuda de Venezuela y de Pdvsa lo que conlleva que los acreedores, puedan, si lo quisieran, embargar activos en el exterior; es decir, Citgo se convierte en un blanco fácil, vulnerable y codiciado.

Asimismo, está el espinoso tema de la inseguridad, tanto jurídica como personal cuyos datos también se hacen eco de los desmanes revolucionarios en las políticas públicas. Al respecto, la inseguridad jurídica aleja las inversiones pues no existen garantías para el reguardo del capital. Esto se ha materializado, según datos de Conindustria, en el cierre de casi 8.000 empresas en 20 años de gobierno bolivariano a lo que se suman casi 700 empresas expropiadas a las que no se les ha reconocido el pago de sus activos.

Por su parte, en lo que respecta a la inseguridad personal, de acuerdo a las cifras del Observatorio Venezolano de Violencia (OVV), la violencia en Venezuela durante el año 2017 «estuvo asociada al notable deterioro en la calidad de vida del venezolano y a la disolución sistemática del Estado de Derecho como el mecanismo regulador tanto de las relaciones sociales como del acceso a los bienes materiales y al poder. En el año 2017 se mantuvo un fuerte impacto de la violencia delincuencial expresada en homicidios, robos, extorsión y secuestros»

El mencionado organismo calcula 89 muertes violentas por cada 100 mil habitantes durante el año y 26.616 fallecidos, cifra que representa una disminución de 3% con respecto al año 2016, sin embargo, se incrementaron otras formas de violencia tales como la «violencia del Estado» en cuanto a la «resistencia a la autoridad».

Llama la atención en el informe de la OVV que durante el año 2017, aumentaron los suicidios, hecho que se cataloga como «violencia hacia uno mismo» de acuerdo con la OMS y que evidencia la angustia y la depresión a la que está sometida la ciudadanía.

Asimismo, todo lo concerniente a la inseguridad tiene una relación indivisible con la aniquilación del Estado de Derecho, la impunidad y las consecuencias de la recesión económica: escasez, inflación, desempleo y pobreza, cifras que según ENCOVI para el año 2016 rondaba el 82% y un 53% de pobreza extrema y que sin lugar a dudas se deben haber profundizado durante el año 2017.

En este estado de cosas llega el 2018. Con una economía literalmente arrasada y una población hundida en la pobreza y la desesperanza; por otra parte, estamos a las puertas de un nuevo y decisivo proceso electoral que podría significar un cambio de rumbo o la continuidad del fracaso comunista. El detalle está en que el gobierno ha ido generando un sistema de control social pernicioso basado en el empobrecimiento, aunado a la destrucción institucional.

Por otro lado, la actuación de la dirigencia opositora también deja mucho que desear en todo este resultado, su accionar ha sido mediocre y poco contundente. Siendo mayoría no ha podido frenar los desmanes revolucionarios y su ineficiencia se ha traducido en abstención y desconfianza hacia el sistema electoral.

Finalmente, lo que nos queda es rescatar la ciudadanía porque en estos 20 años de destrucción se nos ha llevado al primitivismo, a la involución como sociedad. Aquí no hay outsider, aquí no hay caudillo, aquí no esperemos marines; el país somos cada uno de nosotros y debemos reconstruirlo, cada quien debe hacer lo que le corresponde, desde su trinchera, desde su visión. Crear conciencia, respeto, solidaridad sin ideologías, sin viveza criolla, trabajar, estudiar, entender que la política debe estar al servicio de la gente y no al revés. No podemos hipotecar el país por 20 años más a los incapaces que lo han acabado. La esperanza ya debe estar en formación, falta llevarla a la realidad.

Si se puede.

 

«El sentido común es instinto; suficiente sentido común es genio»

George Bertrand Shaw

 

 

 

 

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